domingo, 22 de abril de 2012
LO ABSURDO DE LA MÚSICA AMBIENTAL EN UNA FERIA DEL LIBRO
La musiquilla ambiental es el símbolo acústico de lo prosaico y de lo banal. Una especie de cordón umbilical que mantiene el cerebro en conexión permanente con el "mundo de estupidez y tontería" que pretende instalar en nuestro cerebro la publicidad televisiva. Ese mundo de entretenimiento superficial y obligatorio que precisamente denuncia Vargas Llosa en su último libro.
¿Imagina una sesión del Parlamento con musiquilla de fondo, de cualquier tipo, aunque fuera clásica, en la sala? ¿O en un juicio, o un pleno municipal, o en una simple aula? Obviamente, una estupidez. En esos lugares se desarrolla una actividad "seria", no lúdica ( lo que no significa que tenga que ser aburrida), y no tiene sentido musiquilla que parasite el pensamiento y dificulte su lucidez sin aportar nada al asunto que se trate. No aporta nada en absoluto, salvo narcotizar parcialmente a las personas (precisamente por eso se pone, para inhibir en lo posible decisiones racionales y fomentar las impulsivas). Supone un ataque a la libertad en forma de chantaje, al haberse convertido su consumo en un dogma incuestionable.
Salvando ciertas situaciones especiales (¿por cuanto tiempo?), esa estupidez de la "musiquilla global" ha ganado terreno en todas las actividades humanas. Actividades que no tienen por qué ser consideradas menos "serias" que las apuntadas ¿O es que comprar, gastar el dinero, no es algo serio serio? ¿No son serias las operaciones bancarias, o el contrato de un servicio de telefonía móvil? Pues prácticamente en todos los lugares en los que usted pretenda comprar un producto o servicio será "estupidizado" a la fuerza con musiquilla de fondo. Se le fuerza a trivializar todos sus actos de compra. Todo el sistema económico actual se basa en esa banalización forzosa y universal del acto de compra por parte de los consumidores (El desfase entre el mundo imaginario inducido en la mente de los consumidores y el mundo real es posiblemente una de las causas indirectas de la crisis).Sin musiquilla ambiental, los millones de actos de compra de cada día tendrían lugar en base a decisiones más racionales, no impulsivas, y la economía iría por otros derroteros.
Se les ha robado a los consumidores el derecho a pensar con claridad, a atribuirle a sus actos el grado de seriedad que quisieran atribuirles, a que no se invada su perímetro personal, a que no tengan que consumir lo que no ha solicitado, y a muchos otros derechos que sería largo detallar (puede ver una enumeración de ellos en www.nomasmusicaimpuesta.blogspot.com)
Uno esperaría que los libros y su entorno fueran un último reducto contra esa plaga, contra la imposición obligatoria de la banalidad representada simbólicamente por la presencia eterna, omnipresente e incuestionable, de la musiquilla dictatorial. En una librería debería ser tan absurda como en una biblioteca. Pero hasta ahí ha llegado la peste...hasta las librerías y las FERIAS DEL LIBRO.
Quienes leen libros suelen rechazar la superficialidad y la simpleza vomitivas de eso que suele llamarse "mundo moderno" , y que en realidad no es más que el mundo irreal de los anuncios publicitarios. Pero a menudo deben "comulgar" el hilo musical, el "estupidizante producto sagrado" , una especie de "impuesto cerebral" obligatorio para acceder a los libros.
Los libros y su mundo deberían ser un reducto de reflexión, de gusto por esa profundidad de pensamiento incompatible con la musiquilla de fondo. Quienes leen libros son fácilmente conscientes del atentado a la libertad personal que supone ese chantaje. La obligación de consumir un producto sonoro, no solamente no relacionado , sino esencialmente incompatible con la "filosofía del libro", para poder comprar libros.
Cuando se pone un partido de fútbol en un bar se apaga el hilo musical, porque el partido se considera importante por sí mismo sin necesidad de ponerle musiquilla (es prácticamente la única situación en la que se hace, en los informativos se deja encendida,..parece que el fútbol es lo único serio) ¿Es que los libros no son importantes por sí mismos, como para necesitar "musiquilla"? ¿Tratan los libreros de espantar a los amantes de los libros para atraer a los amantes de pubs y discotecas? ¿Tiene que ser la "discotequización del mundo" tan absoluta como para invadir el mundo serio, profundo y reflexivo de los libros?
Este texto está escrito por un amante de los libros (y de la música, pero la música obligatoria no es música, como la lectura obligatoria no es verdadera lectura). Amante de lo libros que no comprará absolutamente NINGÚN libro en las FERIAS DEL LIBRO que tengan puesta música de fondo, del tipo que sea, por esa razón. Amante de los libros y de la música, pero poniendo cada uno de ellos en su sitio. Amante de los libros que seguirá gastándose su dinero en sólo en aquellas librerías (afortunadamente todavía existen) en donde no lo "idioticen" con musiquilla de fondo. Los libros y su mundo son para hacernos más inteligentes, no más estúpidos. No deben comprarse en donde haya que pagar un "peaje cerebral" a la estupidez, soportando dogmáticamente ese ruido musical que instala de forma subliminal, en la mente de las personas , la idea de que un libro es un vulgar producto de entretenimiento superficial, y que leer un libro es algo así como mascar un chicle.
miércoles, 16 de febrero de 2011
ESTE BOTÓN ES SÍMBOLO DE LIBERTAD
domingo, 14 de noviembre de 2010
LA MÚSICA AMBIENTAL EN "FAHRENHEIT 451" Y "UN MUNDO FELIZ"

En la famosa novela futurista "Fahrenheit 451",publicada en 1953, ya se advertía de las tendencias totalitarias de la música ambiental. En un momento dado, el protagonista, el bombero Guy Montag, trata de leer un libro en el metro, provocando así el pánico del resto de los viajeros. Pero le molesta para ello el anuncio de un dentrífico que sale de los altavoces. Él grita: "¡cállate!". Pero entonces "La radio del Metro vomitó sobre Montag, como represalia, una carga completa de música compuesta de hojalata, cobre, plata, cromo y latón. La gente era forzada a la sumisión; no había sitio donde huir".
En "Un Mundo Feliz ",de Aldous Huxley, se habla de la droga "soma", que se suministraba a los ciudadanos del mundo alienado que describe la novela, para su "felicidad obligatoria". La intuición del escritor no llegó a precisar que la droga sería de tipo "acústico". La música ambiental en lugares públicos, obligando a la "felicidad por decreto", desprovista de sentido, tiene muchas de las características del "soma". Incluida la de ser "factor necesario para no poner en peligro la estabilidad de la tecnópolis ".
lunes, 18 de octubre de 2010
CONTRA LA INVASIÓN ESTUPIDIZANTE DE LA MÚSICA IMPUESTA. (Resumen)

Nota: Este post es un resumen de las ideas contenidas en los anteriores.
Escuchar música es uno de los placeres de la vida. Pero, al igual que otros placeres, deja de serlo cuando se hace bajo imposición. Obligarle a escuchar música que no tiene interés en escuchar, es como obligarle a leer un libro que no quiere leer. Como obligarle a comer o a beber cuando usted no lo desea. Como obligarle a mantener relaciones sexuales a la fuerza. Como obligarle a jugar bajo amenazas. De la misma manera que ser violado no es hacer el amor, o que el juego obligatorio no es juego, oir música impuesta es "soportar sonidos", pero no "escuchar música".
En la mayoría de los establecimientos, le obligan a tener que soportar música mientras usted compra el tipo de producto que allí se venda. Es algo tan habitual, que no nos paramos a pensar que pueda ser algo dictatorial o alienante. En todas las culturas hay "aberraciones" que no son percibidas como tales por quienes viven inmersos en ellas. En la llamada "vida moderna", esta puede ser una más. La "música obligatoria" nos la venden como un "favor", como una "oferta". Pero la Historia nos enseña a desconfiar de las "ofertas que no se pueden rechazar".
Usted no entra en el establecimiento a buscar "diversión", sino el tipo de producto que allí se venda. Aquel que están autorizados a comercializar, y por lo que pagan impuestos. La diversión se vende en otros establecimientos concretos, como "pubs" o discotecas, en los que sí tiene sentido que le pongan música. Pero las personas adultas no quieren diversión a todas horas, como no quieren comer a todas horas, ni beber a todas horas, ni jugar a todas horas. Y mucho menos si es de forma obligada. En muchas ocasiones, por diversos motivos, no querrá usted diversión en absoluto. Pero los comerciantes le presuponen, "por defecto", un "quinceañero",sin nada más importante en qué pensar que en escuchar música y divertirse continuadamente. Demasiado presuponer.
La música ambiental es absurda en un aula, en un juicio, en un pleno municipal, en un consejo de administración, o en un Parlamento. Se dice que son "lugares serios". Pero un establecimiento comercial no tiene por qué ser considerado menos "serio". Comprar, gastar el dinero, siempre es algo serio. O por lo menos tienen que respetar su derecho a tomárselo en serio. ¿Qué sentido tiene tener que soportar dogmáticamente música para comprar macarrones, medicinas o zapatos, para pagar un recibo bancario, o para contratar un seguro, por poner sólo algunos ejemplos?. Usted tiene derecho a darle a todos sus actos el grado de "seriedad" que estime oportuno, incluido el de comprar, sin que nadie decida por usted que los trivialice.
Si dice que quiere comprar en estado "normal", sin tener que escuchar música "narcotizante", suelen responderle: "Si no está dispuesto a escuchar música mientras compra, no entre". Mediante ese mismo razonamiento, podrían obligarle a comprar andando a gatas, diciéndole: "Si no quiere usted hacerlo, es muy libre de no entrar aquí". Pero lo único a lo que pueden obligarle es a pagar por lo que compre. La escucha obligatoria de música no guarda relación (salvo en los casos apuntados) con el producto o servicio que allí se vende, y obligarlo a escuchar música es un atentado contra su dignidad, como obligarlo a jugar, o a andar a gatas. Desde luego que usted puede encontrar divertido andar a gatas, pero cuando lo decida usted, por ejemplo jugando con su hijo. Pero no estaría dispuesto a que se lo impusieran como condición para entrar en un comercio con la excusa de que "es divertido". Lo que sea divertido para usted, debe decidirlo usted.
Por poner un ejemplo concreto: los restaurantes. ¿Por qué tienen que obligarle a comer escuchando música? ¿En qué escuela de hostelería se explica que cualquier plato debe llevar como ingrediente necesario un ritmo de batería, un solo de guitarra eléctrica o el maullido desafinado de una cantante adolescente? Mucha gente soporta la música en los restaurantes sin protestar. Es lo que los expertos en maltrato llaman "sumisión aprendida". Pero si ese mismo sonido lo oyeran en el comedor de su casa, proveniente del vecino de arriba, la reacción sería muy diferente. También hay protestas cuando tocan músicos reales durante una comida, aunque sea a bajo volumen, porque las personas no tienen el aura de incuestionabilidad de los altavoces. Muchas personas dicen que cuando se apaga la música ambiental tiene lugar un silencio incómodo. Pero eso sucede porque precisamente la música habría inhibido previamente la conversación. La presencia de música hace que sólo puedan mantenerse conversaciones cortas e intranscendetes. La música narcotiza los cerebros y estorba en la comunicación entre personas, por lo que, cuando desaparece bruscamente, se hace patente la falta de verdadero interés en los temas tratados, acerca de los que no hay mucho que hablar. Si no hubiera habido música, las conversaciones se habrían animado desde el principio, y serían mucho más interesantes. Pero los empresarios de hostelería no deben querer eso. La gente estaría más tiempo en sus locales, sin consumir necesariamente más por ello. Prefieren aturdir a sus clientes con música no solicitada, para que consuman, no se relacionen, y se vayan pronto a intentarlo en otro lugar. En el que tampoco lograrán conversar y relacionarse porque la plaga musical les estará esperando también allí. Otro ejemplo pueden ser los autobuses. Si en un autobús con la música apagada entra un viajero con un aparato encendido, el resto de los viajeros protestan. Pero si la enciende el propio conductor, la soportan. Otro caso de "sumisión aprendida". Lo mismo sucede cuando en bares o cafeterías soportamos estoicamente programas de televisión que "zapearíamos" automáticamente en nuestras casas.
A la "mayoría silenciosa" de las personas les molesta la música ambiente, como demuestran estudios serios en todo el mundo.Y seguramente les molestaría a un mayor número si eliminasen su propia autocensura a planteárselo. Pues, como en todas las dictaduras, el truco está en que no se cuestione. Otras, no se atreven a protestar por un equivocado sentido de la educación. O por miedos acomplejados, como ser consideradas "anticuadas" u otros temores similares, absurdos e intrascendentes. También hubo un tiempo en el que no estar dispuesto a soportar el humo del tabaco de otros era "ser anticuado".
Ciertos colectivos están interesados en promover esa "droga sonora". A los comercientes les han convencido de la falsa idea de que venden más así. Estudios serios en todo el mundo demuestran que no es más que uno de tantos tópicos falsos. ¿Realmente creen que la gente es, de forma significativa, tan estúpida como para comprar o dejar de comprar algo porque le pongan música?. Es fácil comprobar que muchas cadenas multinacionales de éxito ya no tienen música en sus establecimientos. Saben que no se "acaba el mundo" , que no viene el "coco", que no es "pecado" trabajar en algún lugar que no sea una discoteca. Y es que ya no hay zapaterías, sino discotecas donde venden zapatos. No hay restaurantes, sino discotecas donde dan de comer, etc. Otras veces, donde hay música ambiental, hay un problema oculto que permanece sin resolver, y la música lo enmascara. Como cuando se pone para disimular esperas en el servicio. Problema que podría ser resuelto contratando a más personal. Por poner sólo un ejemplo.
De esa manera, con la técnica del "perro de Pavlov", han conseguido "drogar" a muchas personas con la música ambiental. Como todos los adictos, lo negarán. Pero, si se la apagan, reaccionarán con la misma agresividad con la que lo haría un drogadicto al que le quitan su dosis. El "mundo real" les resulta extraño tal como es. Necesitan de la alteración de la percepción que les proporciona el altavoz interfiriendo en sus procesos mentales. Si les pide que apaguen la música, lo más que estarán dispuestos a hacer será ponerla baja, diciendo: "Está tan baja, que es como si estuviese apagada". A lo cual se les puede responder: "Pues si es como si estuviese apagada,¿ por qué no la apaga?". Reconocerán entonces que "no es lo mismo". Efectivamente. Y, si no es "lo mismo" para ellos, no tiene por qué serlo para usted. Observe sus reacciones. Son las propias de los síndromes de abstinencia de los drogadictos. Si le dicen: "Pero qué manía tiene usted con apagar la música", usted puede responder: "La manía es la suya, la de tener que escuchar música para todo, a todas horas, y en todas partes". Esas personas sufren de una especie de "Síndrome de Estocolmo", sus cerebros están "secuestrados" por el sonido permanente de un altavoz. No disfrutan de la música por elección. La necesitan por adicción, para evitar los efectos del síndrome de abstinencia. Como las mujeres maltratadas que no pueden vivir sin su maltratador, necesitarían un tiempo de alejamiento y de "desintoxicación".
Pero que ciertas personas necesiten su "droga", no les da derecho a obligar a los demás a consumirla. Las drogas no pueden ser de consumo obligatorio. Como apuntábamos antes, hay muchos aspectos comunes con la adicción al tabaco y el supuesto "derecho" (hoy eliminado) de imponerlo a los no fumadores.
Si le bombardean con música en todas partes y a todas horas, le saturan y le hartan con música indeseada. Por lo que no le quedarán ganas de escuchar música a su gusto, cuando llegue a su casa. Le "roban" el derecho a disfrutarla. Es por eso que los mayores detractores de la música ambiental impuesta suelen ser los amantes de la música. El gran pianista Daniel Baremboim es uno de ellos, y dirige una asociación en ese sentido. Los países con mayor cultura musical son los más intolerantes con ese tipo de "contaminación acústica". Pero el derecho a disfrutar verdaderamente de la música no es el único que le "roban". Puede leer acerca de otros en un post anterior.
martes, 14 de septiembre de 2010
ALTAVOCES DICTATORIALES EN EL TRANSPORTE PÚBLICO

Imagine un modelo de coche que tuviese radio con altavoces, pero que no dispusiera de ningún mando para controlar el apagado, ni el volumen, ni la sintonización de emisora. Esa radio se encendería automáticamente en el momento de entrar en él, y usted estaría obligado a escuchar una emisora al azar, a un volumen que tampoco podría controlar, durante todo el viaje. No tendría ninguna opción de apagarla, ni de cambiar de canal ni de volumen. Tendría que oir esa radio cualesquiera que fueran las condiciones en las que viajase. Alegre o triste. En plena forma o volviendo del trabajo con dolor de cabeza. En un trayecto corto, o de varias horas. Asistiera alegre a una boda, o viajara al entierro de su padre. ¿Compraría usted un coche así?. Obviamente, nadie en su sano juicio lo haría.
Pues eso es precisamente lo que pasa con el transporte público. Cuando usted sube a un autobús se supone que usted desea ir de un lugar a otro, y ese es el servicio por el que paga. Pero la empresa concesionaria del transporte, o quizás el propio conductor, deciden a menudo, unilateralmente, que a usted le apetece oir la radio precisamente en la emisora que le apetezca escuchar al chófer.
Teniendo en cuenta que el transporte urbano es un SERVICIO PÚBLICO (en régimen de concesión) y que el hilo musical es un PRODUCTO COMERCIAL, ello supone SOMETER AL CIUDADANO AL CHANTAJE DE TENER QUE CONSUMIR UN PRODUCTO COMERCIAL COMO CONDICIÓN "SINE QUA NON" PARA HACER USO DE UN SERVICIO PÚBLICO. Esta sola idea debería hacer innecesario todo debate al respecto.
Si le pide al conductor que la apague, posiblemente le mirará con una cara extraña y le preguntará por qué. No cae en la cuenta de que la pregunta tendría que hacérsela usted a él, al revés. Tendría que ser él quien explicase por qué la encendió. Las radios deben estar apagadas en principio, "por defecto", y encenderse si hay un motivo justificado, no al revés.
¿Cual podría ser un motivo para encenderla?. Lo único que podemos saber de las personas que viajan en el autobús es que comparten coyunturalmente la necesidad de viajar a un punto del trayecto, y que han pagado estrictamente por eso. En todo lo demás, es de suponer que son muy diferentes entre sí. Viajan seguramente por motivos muy diferentes, y se encuentran en circunstancias personales muy dispares. No sabemos si tienen sed, o si no la tienen. Si tienen sueño o están excitados. Si les apetece mascar un chicle o leer un libro. Si les apetece oir música,o poesía, o sermones religiosos, o discursos políticos o cursos de idiomas. O, sencillamente, nada. Algunas personas habrán pasado la noche sin dormir, otras se marearán fácilmente,sobre todo con la radio puesta. Los estudiantes pueden querer aprovechar el viaje para repasar sus apuntes. Un directivo querrá trabajar en su ordenador portátil. Otras personas pueden preferir leer un libro, oir su propia música en un "mp3", o dormitar. Obligarles a escuchar la radio es alienarlos forzándolos al consumo de un producto que no hay motivo para pensar que desean consumir. Como hemos dicho, han pagado estrictamente para que se les lleve de un lugar a otro, y nada más. No puede forzárseles mediante una decisión paternalista a escuchar algo que no tiene por qué guardar relación con sus necesidades particulares. O, incluso ser incompatible con ellas.
Los conductores a veces justifican la decisión diciendo "a alguna gente le gusta, y la piden". De existir, no tendrían que hacer caso a esa petición. La empresa sólo está obligada a suministrar el servicio por el que se le paga, el transporte. No tiene que preocuparse de otros deseos de los viajeros. ¿ O es que se le sumimistra un libro a quien quiere leer, un somnífero al que quiere dormir, o un bocadillo al que tiene hambre?. Con la misma arbitrariedad, podrían poner por los altavoces cursos de inglés, y obligar a todo el mundo a que los fuera aprendiendo. Habría a quien le gustase, e incluso podría argumentarse que viene muy bien. Si alguno protestase podría decírsele "¿Qué tiene usted contra el inglés?". Pero obviamente sería una decisión dictatorial, alienante y una falta total de respeto. Pues con la música o cualquier programa de radio pasa eso mismo. Las personas que viajan en el autobús no tienen por qué tener ningún interés en oirlo.
De existir esas peticiones particulares, las meras apetencias de unos no pueden ir contra los derechos de otros. No puede obligarse a todo el mundo a consumir un producto porque le apetezca a algunos. No puede decirse: "que levante la mano quien quiera jugar un partido de balonmano en el autobús y, si son mayoría, se juega el partido y los que no quieran jugar deben soportar estoicamente que la pelota les rebote en la cabeza de vez en cuando". Lógicamente, a cualquiera le parecerá absurdo. No importa que la inmensa mayoría quisiera jugar a arrojarse una pelota unos a otros.Bastaría con que hubiera un viajero que no quisiera hacerlo para tener que respetar su derecho a viajar sin ser molestado por algo que no guarda relación con el servicio de transporte, como e sun partido de balonmano. Es más la propia empresa no debería tolerarlo incluso aunque todos los viajeros quisieran hacerlo. Pues con escuchar música pasa lo mismo: es una actividad de entretenimiento que no guarda relación con el servicio de transporte. Y no importa que haya gente a la que le gustaría llevarla a cabo en el autobús. Basta con que haya una persona que no lo desea, para tener que respetar su derecho. Es más, debería prohibirse sin más. Es un debate similar al que ya se ha hecho con el tabaco.
Pero, sencillamente no es cierto que se den esas peticiones. Es una suposición, una "leyenda urbana". Aún en el caso muy excepcional de que alguien pidiera encender la radio no sería significativo, y en todo caso, por lo anteriormente dicho, a su petición habría que hacerle el mismo caso que si pidiera un "cubata" al conductor: ninguno.
Los estudios serios demuestran que molesta a la inmensa mayoría de las personas, aunque no protesten (uno de esos estudios realizado por RENFE, que ya ha eliminado esa imposición). En viajes de autocar de varias horas, el abuso alcanza tintes de tortura.
Muchas personas no son conscientes de que les molesta porque se autocensuran para no planteárselo. Si alguien va en un autobús y se sienta al lado alguien con una radio encendida en la mano, le molesta. Pero si ese mismo sonido proviene del altavoz del autobús, sobre su cabeza, tiende a soportarlo estoicamente. Una manera de hacerse consciente de la molestia es escuchar activamente durante un rato lo que dice el altavoz y preguntarnos si nosotros, en ese momento, hubiéramos escogido escucharla de estar tranquilamente sentados en nuestra casa, o lo hubiéramos apagado. En el caso de música, podríamos preguntarnos si hubiéramos estado dispuestos a pagar un centavo por ella.
Todo el mundo tiene una radio o un "mp3" con auriculares para llevar en el bolsillo si quiere escucharlos. Precisamente los amantes de la música son quienes más odian que se les impnga. De la misma manera que si uno quiere leer un libro en el autobús lo lleva de casa, si quiere oir música que la lleve de casa.
La única razón que parece haber para que los pasajeros tenganque oir la radio al margen de su voluntad es que el conductor se aburre porque, aunque los viajeros viajan para solucionar sus problemas, para él el viaje es pura rutina. Pero obviamente, el autobús está al servicio de los viajeros, no al conductor. Si a él le aburre su trabajo, o si se siente plenamente realizado con él, es cosa suya. Los altavoces deberían encenderse sólo para dar información del interés de todos , como anuncios de paradas, etc.
Por otra parte, en todos los autobuses deberían figurar instrucciones para que las personas que escuchen su propia música lo hagan con auriculares. Mucha gente, especialmente jóvenes enciende aparatos de música o teléfonos móviles, obligando a los demás a tener que soportar su música. Prácticamente nadie se atreve a llamarles la atención y protestar. De la misma manera que, como decíamos más arriba, no se atreven a decírselo al conductor cuando es él el que lo hace. Sería mucho más sencillo hacerlo si existiesen rótulos con la inscripción "use auriculares", al lado de un pertinente icono.
Como vemos las molestias son de dos tipos. Por un lado la molestia "sensorial" en nuestros tímpanos y cerebros. Y por otro la "molestia" de ver pisoteados nuestros derechos, que es incluso peor.
La única forma de erradicar este abuso es que la "mayoría silenciosa" que sufre esas molestias no se quede callada, y se queje. Si el conductor se cree con derecho a molestarnos imponiéndonos su música, el mismo derecho tenemos nosotros a molestarlo haciéndole escuchar la "música" de nuestras quejas. Además, al quejarse, ya no podrían usar la disculpa "la gente lo quiere".
Si el conductor del autobús le pregunta: "¿Pero tanto le molesta la música?", usted puede responder: "¿Y a usted tanto le molesta que esté apagada?". Si le dice que está tan baja que es como si estuviese apagada, puede responder: "Entonces, apáguela. Según usted me acaba de decir, es lo mismo". Si le dice que nunca le protestó nadie por la música, respóndale: " La gente tampoco protesta cuando pasa una moto a escape libre. Además, como ve, desde hoy, ya no podrá decir usted lo mismo". Si le dice que a la gente le gusta, respóndale "¿A cuantos les preguntó?". Si llega al grado de impertinencia de preguntar "¿Quien es usted para pedirme apagarla?", puede responder: "¿Quién es usted para obligarme a escucharla?".
Es eficaz expresar la protesta en el momento de subir al autobús, si la radio o la música ya están encendidas, y amenazar con bajarse y buscar una forma alternativa de viajar, tras exigir la devolución del dinero. En ninguna parte del contrato que firma la empresa con los ciudadanos a través de la concesión figura la obligación por parte de estos a escuchar altavoces. Si está apagada, hágale comprometerse a no encenderla, especialmente si el viaje va a ser largo. Está en su derecho, y usted no tiene por qué terminar el viaje con un dolor de cabeza con el que no lo empezó. Paga para que le lleven, no para que le "taladren" el cerebro. Es importante no darle importancia a argumentos absurdos como "es usted un anticuado" y comentarios así, que sólo podrían afectar a adolescentes inmaduros o acomplejados. No hay ninguna relación entre que alguien sea "anticuado" y que le moleste tener que oir algo que no le interesa. Pero, aunque la hubiera, no es obligatorio ser "moderno". Y, en todo caso, no es algo que tenga que importarle a una empresa de transporte de viajeros.
Lo mejor sería que expresase su protesta ante los directivos de la empresa, y formalice una reclamación ante los organismos oficiales de defensa del consumidor. Y que, en el futuro, los propios contratos de concesión estipulasen la prohibición de ese abuso.
lunes, 13 de septiembre de 2010
DERECHOS PISOTEADOS POR LA MUSICA AMBIENTAL IMPUESTA

(No está de más recordar que este post, como todos los del blog, se refiere exclusivamente a la música ambiental impuesta, esto es, aquella sobre la que no tenemos control y nos vemos obligados a soportar al margen de nuestra voluntad en diferentes circunstancias. Nunca nos referimos, lógicamente, a música que nosotros hemos elegido escuchar, y sobre la que disponemos el control).
DERECHO A QUE NO LE APETEZCA ESCUCHAR MÚSICA A TODAS HORAS Y EN TODO LUGAR.
Este derecho parece obvio. Ninguna actividad, por placentera que sea, nos apetece a todas horas. Pero en la actualidad se ha hecho obligatorio en la práctica tener que estar continuamente dispuesto a escuchar música. Y, caso de no estarlo, soportarla y disimular. Como hay que hacer con las imposiciones dogmáticas en las dictaduras y en las sectas. Si usted comenta que le molesta la música en algún lugar público, a menudo le preguntarán de qué tipo querría escucharla. Tendrá que hacer un esfuerzo para hacer entender que no quiere oir ninguna. Le mirarán como a un bicho raro, posiblemente porque esa posibilidad no se les habría pasado por la cabeza. La falsa alternativa que se nos presenta es, en el mejor de los casos, decidir de qué tipo. Algo así como, si nos ofreciesen de beber, tuviéramos libertad para elegir entre diferentes bebidas, pero nunca para decir que sencillamente no queríamos tomar nada.
Nos encontramos ante un curioso tabú, en una sociedad que presume de no tenerlos.
La historia nos ha enseñado a desconfiar de "incuestionabilidades" como esa. También está llena de ejemplos de lo mucho que cambian las sociedades cuando se rompe un tabú. Por poner un ejemplo, se ganó libertad personal cuando las personas pudieron casarse con una pareja de su elección, sin presiones familiares. Pero se ganó mucha más cuando se pudo elegir entre casarse o no. Eso conllevó importantes cambios sociales. Similarmente, la ruptura del tabú "música obligatoria" obligaría a redefinir las formas del comercio y de la relación social, sobre todo en entornos urbanos. Que cambie lo que tenga que cambiar, los derechos de las personas tienen que terminar por ser prioritarios.
DERECHO A PENSAR CON CLARIDAD, Y A QUE NADIE NOS IMPONGA LO CONTRARIO EN ARAS DE SUS INTERESES.
La música ambiental impuesta provoca interferencias en nuestros procesos mentales. Alguien se considera con derecho a ralentizar deliberadamente nuestros pensamientos, en aras de su propio interés, como por ejemplo aumentar la tendencia a la compra por impulso. Hace que no podamos pensar con claridad en nuestros propios asuntos para que otros solucionen lo suyos.
El "sonido real", derivado de las actividades del entorno, nos da información necesaria acerca de lo que pasa alrededor, es algo "del entorno" y no adaptado a los intereses de nadie. Por poner un ejemplo comparativo: A nadie le molesta especialmente que llueva, nos adaptamos a ello cuando sucede. Pero nos molesta que alguien nos salpique deliberadamente o por descuido. El "sonido real" es, como la lluvia, parte del entorno. Cuando alguien enciende un altavoz "nos salpica" con su sonido, adrede, por su interés. Si nadie tiene derecho a emitir ondas de radio que interfieran en la radio del vecino, menos derecho tendrá a emitir deliberadamente ondas acústicas queu interfieran en su cerebro.
DERECHO A QUE NO SE NOS OBLIGUE A ESCUCHAR MÚSICA CON LA QUE NO NOS SENTIMOS IDENTIFICADOS. A SER TRATADOS CON DIGNIDAD, Y A QUE NO SE NOS CHANTAJEE.
Muchas veces nos vemos obligados a escuchar música en la que no tenemos interés, en locales comerciales. Es un chantaje indigno y alienante. A veces se argumenta "Pues si no quiere oirla, no entre". Pongamos un ejemplo comparativo: ¿Qué le parecería que le obligasen a entrar a gatas por un aro, para poder entrar a comprar en una tienda?. O que le obligasen a vestir de una cierta forma estrambótica o al margen de sus gustos. Seguramente se indignaría, pero podrían decirle que en realidad no le obligan, "Si no está dispuesto a hacerlo,no entre". Por poner más ejemplos, sería indignante que le obligasen a comer o a beber cualquier cosa como condición para acceder a la tienda. Pues que nos impongan música es igual de indigno. Nuestra única obligación es la de pagar por lo que compramos. Pueden decirnos que es divertida, pero eso deberíamos decidirlo nosotros. ¡También muchas personas considerarían divertido entrar a gatas, y estarían dispuestas a hacerlo, sin ser conscientes de que ya no lo es si tienen que hacerlo obligadamente!. Cada negocio tiene que tener claro qué producto vende, entre otras cosas porque debe figurar en los documentos fiscales pertinentes. Y no puede obligar al consumo de ningún otro, de forma paralela.
DERECHO A DISFRUTAR DE LA MÚSICA.
Puede parecer paradójico. Se entenderá con un ejemplo. Si a usted le obligan durante todo el día a comer "pinchos" que le son indiferentes, se hartará con ellos y no podrá disfrutar de su cena favorita al llegar a su casa. Le habrán "robado" el placer de disfrutar de la comida. Para disfrutar de cualquier placer, es necesario un periodo voluntario de descanso y de abstinencia. Para disfrutar de la música, ésta tiene que sacarle de la rutina. Y no puede sacarle de la rutina si se ha convertido en rutina obligatoria. Si le saturan con música indeseada, no tendrá ganas de escuchar la suya al llegar a su casa. Le habrán "robado" ese placer.
DERECHO A ASIGNARLE A LA MÚSICA EL LUGAR QUE USTED DESEE EN SU VIDA.
En la vida hay placeres de muchos tipos. Ir al teatro, hacer fotos, tomar café, hacer deporte, recitar poesía, pintar, charlar con amigos , leer , el aprender idiomas.... Cada persona debería poder organizar sus placeres según una jerarquía personalizada, y elegir los momentos y lugares para disfrutar de ellos. Pero en el mundo urbano la música parece lo único importante. Nada parece tener importancia por sí mismo sin música asociada. ¡ Incluso en los restaurantes nos ponen música para comer, como si no supiésemos valorar la comida por sí misma!. En ese caso concreto, nos tratan como a los niños que no quieren comer si no están siendo entretenidos con "el juego del avioncito" , porque no son capaces de tomarse en serio el acto de comer.
DERECHO A DECIDIR SOBRE LOS RECURSOS DE SU CEREBRO.
Cuando no le presta atención, la música ambiental obliga a su cerebro a repartir sus recursos entre la inhibición de su escucha y la actividad que usted esté desarrollando . Usted no dispone de la totalidad de los recursos cerebrales porque otros se han arrogado el derecho a decidir en qué debe usted ocupar una parte de ellos. Su pensamiento se ralentiza, de la misma manera que lo hace un procesador informático cuando tiene que repartir su actividad entre un programa principal y una tarea parásita. Es algo que suele ser deliberado, por parte de los establecimientos comerciales: al mermar el pensamiento racional, toman el relevo las "decisiones por impulso". Esa es una de las razones por las que tan a menudo nos arrepentimos de lo que compramos. No razonamos sufcientemente la decisión de compra, sencillamente porque la música no nos deja hacerlo. De alguna manera, están atentando contra nuestro derecho a pensar.
DERECHO A QUE NO LE ROBEN EL TIEMPO DE SU VIDA.
Imagínese que está tomando un café en un bar mientras lee en el periódico un artículo que le interesa. Supongamos que, en ausencia de altavoces, hubiera tardado cinco minutos en leerlo y hacer las correspondientes reflexiones acerca de su contenido. Pero como su cerebro trabaja ralentizado por el sonido de esos altavoces a los que no presta atención, tardará algo más de tiempo. Supongamos, diez minutos. Los altavoces le habrán "robado" cinco minutos de su vida. Ahora piense que le están robando el tiempo de forma similar prácticamente en todas partes. Durante toda su vida.
DERECHO A VALORAR Y A NO DESPERDICIAR SU SENTIDO DEL OÍDO.
Las personas a las que más les molesta la música ambiental impuesta suelen ser quienes trabajan de forma activa con su oído, y lo valoran por tanto como un importante recurso. Músicos, profesores de idiomas...pero también quien valora los recursos de su cuerpo y de su mente en general, y no está dispuesto a malgastarlos. El oido es un sentido filogenéticamente muy antiguo,conecta con partes profundas del cerebro. Es uno de los primeros órganos en formarse durante el desarrollo embrionario. Muchas personas que han pasado por experiencias cercanas a la muerte cuentan que seguían oyendo lo que sucedía a su alrededor. Es un sentido valioso y, de la misma manera que no solemos estar dispuestos a perfumarnos con cualquier cosa, o a saborear vinos de mala calidad, también tenemos derecho a no tener que escuchar cualquier cosa. Derecho a "gastar" nuestro oído en aquello que pensemos que vale la pena.
DERECHO A USAR EL OÍDO PARA SU FUNCIÓN NATURAL Y, SÓLO BAJO NUESTRA ELECCIÓN, PARA LA PERCEPCIÓN ESTÉTICO-ARTÍSTICA.
La función natural del oído es darnos información acerca de lo que sucede a nuestro alrededor. La música ambiental, especialmente si está a gran volumen, hace que dejemos de oir muchos de los sonidos "informativos" del entorno. Esto es, nos está "robando" una información a la que tenemos derecho. Es algo que tienen que sufrir especialmente las personas ciegas, a las que la música ambiental, prácticamente igual en todas partes, suele desorientarlos. La música ambiental iguala los "paisajes sonoros", haciendo que nuestro oído pierda progresivamente fineza en la interpretación de los sonidos. El equivalente olfativo podría ser que nos obligasen a oler siempre un mismo olor intenso, hasta que nuestra pituitaria fuese insensible al resto de los olores. O, en el caso de la vista, que nos pintasen el mundo de un solo color. Eso es lo que pasa en un mundo en el que sólo se oye el sonido de un ritmo de batería por todas partes.
DERECHO A NO TENER QUE CONSUMIR Y PAGAR LO QUE NO HEMOS PEDIDO
Nos vemos obligados a consumir música ambiental, queramos o no, cada vez que compramos algo. Y hemos de pagarla, pues el precio de los derechos de autor está imputado en el precio del producto que compramos. Una especie de "impuesto universal" inadmisible.
DERECHO A QUE SE RESPETE SU SALUD, FÍSICA Y PSÍQUICA.
La música ambiental, como todo sonido constante, daña el oído, altera la tensión arterial, provoca cefaleas, irritabilidad ,insomnio, ansiedad, estrés y otros muchos problemas físicos y psíquicos. Se ha comprobado incluso que hace decaer la libido, con el consiguiente deterioro de la vida sexual. En viajes largos de autocar, por poner un ejemplo, provoca mareos y vómitos.
Otras partes del cuerpo pueden verse afectadas de forma indirecta. Es muy frecuente que en los establecimientos comerciales un empleado nos atienda bajo un altavoz situado en el techo. Si hablamos a un volumen normal, nos invita a que hablemos más alto, para poder oírnos. Habría que responderle: "Lo que tendría que hacer es apagar ese altavoz para atenderme, y no hacerme forzar las cuerdas vocales a mí".
Es sabido que la música ambiental continua es usada como forma de tortura psicológica, siendo Hitler uno de los primerios en usarla con ese fin en sus campos de concentración. Recientemente, el ejército de los Estados Unidos la ha usado en Guantánamo, para minar el equilibrio psíquico de los prisioneros, hacerles confesar y hacerlos más manejables.
DERECHO A QUE SE RESPETE SU PERÍMETRO PERSONAL.
Aunque no llegue a los extremos del apartado anterior, la música ambiental supone una agresión porque invade el perímetro íntimo de las personas. Cuando alguien invade nuestro espacio personal y, sin conocernos, entra en contacto físico con nocsotros, nos molesta e indigna aunque ello esté lejos de la agresión física. Por tanto, aunque la música ambiental no causara daños (que los causa), está en su derecho de no permitir que entre en contacto con sus sentidos y su cerebro. De la misma manera que no permite que alguien le salpique deliberadamente con unas gotas de agua, aunque eso no vaya a hacerle ningún daño grave.
DERECHO A DARLE A SUS ACTOS LA TRANSCENDENCIA PERSONAL QUE USTED QUIERA.
La música ambiental transmite una filosofía vital de frivolidad. Es por eso que no se pone música ambiental en lugares donde se desarrolla una actividad "seria", como un aula universitaria o una sala de juicios. ¿Pero por qué tienen que decidir otros qué es lo es "serio" para usted o no lo es?. Si usted quiere tomarse en serio su compra en el supermercado ¿porqué tiene que soportar unos altavoces sobre su cabeza escupiendo canciones tontas de adolescentes?. ¿Por qué no piensan los propietarios de ese supermercado que puede estar usted en el paro laboral, y que puede estar tomando sus decisiones de compra con la misma seriedad con la que un juez atiende a un testigo?. ¿Por qué el conductor del autobús, que lleva la radio a gran volumen y para quien el trayecto es pura rutina, no piensa que usted viaja quizás al entierro de su padre?. ¿Por qué la música ambiental omnipresente presupone que todos estamos siempre y en todas partes "de coña"?.
DERECHO A NO SER MANIPULADO, NI A QUE SE LE INTENTE MANIPULAR.
Es sabido que la música ambiental intenta usarse subliminalmente con fines de márketing , lo cual está formalmente prohibido por la ley.
DERECHO AL USO DE ESPACIOS PÚBLICOS SIN SER SOMETIDO AL CHANTAJE DE TENER QUE CONSUMIR PARA ELLO UN PRODUCTO COMERCIAL COMO EL HILO MUSICAL.
El mayor abuso de la música ambiental tiene lugar cuando abandona los locales privados en los que uno "si no quiere no entra" (ya hablamos de esa falacia) para invadir edificios oficiales, otros lugares públicos como estaciones de autobuses, piscinas, etc. Así como calles y parques. El hilo musical en esos lugares somete al cidadano al chantaje de tener que consumir a la fuerza lo que es un producto comercial como condición para acceder a un servicio público. Calles y parques son también servicios públicos, por lo que se aplica el argumento.
Muchas tiendas y bares ponen a gran volumen sus altavoces para que se oigan desde la calle, creyendo, probablemente de forma ingenua, que ello atraerá a los clientes a su interior. Posiblemente atraiga a algunos, pero también molestará a otros que no tienen por qué ser molestados de esa manera en el espacio de todos. Es mucho más que la mera molestia "sensorial": es verse sometido al chantaje del que hablábamos. Las autoridades deberían ser muy estrictas en velar por un espacio público libre de la contaminación acústica producida por la música ambiente. El espacio público debe ser lo más "natural" posible, esto es, exclusivamente con los sonidos propios de las actividades que en en él se desarrollen.
DERECHO A TRABAJAR EN CONDICIONES SALUDABLES (EN EL CASO DE LOS TRABAJADORES DE COMERCIOS QUE TRABAJAN CON MÚSICA IMPUESTA OBLIGATORIAMENTE).
El caso de los trabajadores que trabajan en centros comerciales es de los más sangrantes, y alcanza el grado de "tortura musical". Escuchar música ininterrumpidamente durante ocho horas al día, seis días a la semana, cuarenta y siete semanas al año, durante toda la vida laboral, es para volverse loco bastante antes. Muchos de esos profesionales terminan necesitando tratamiento psicológico e incluso psiquiátrico. Son forzados a escuchar música ambiente (condición que no figura escrita en sus contratos laborales) por unos propietarios que no la sufren en sus despachos, y que siguen creyendo que mejora las ventas cuando eso tiene ya toda la pinta de no ser más que una "leyenda urbana". En todo caso, los expertos en riesgos laborales deberían tomar cartas en el asunto, y debería prohibirse por ley.
DERECHO A LA INDIVIDUALIDAD.
Hay personas que se sienten felices de saber que están oyendo exactamente lo mismo que millones de personas en ese mismo momento. Pero otras prefieren decidir personalmente sobre su vida, y que no decidan otros desde un "Comité Central" lo que tengan que oir. Están en su derecho a exigir que ese derecho a su individualidad les sea respetado.
DERECHO A CONTROLAR LA PROPIA VIDA
De la misma forma que cualquier persona tiene derecho a elegir qué come y qué no come, también tiene derecho a decidir qué música oye y cual no oye. También tiene derecho a hacer "dieta acústica".
lunes, 6 de septiembre de 2010
MUSICA AMBIENTE Y SONAJEROS PERPETUOS

La música ambiente tiene poco o nada de música. Un mensaje no es un mensaje si no hay quien lo reciba y lo interprete, y la música sólo es música si alguien la escucha activamente como tal. En caso contrario, no es más que "sonido" a soportar pasivamente. Y si está molestando o entorpeciendo alguna actividad, es "ruido".
Escuchar música es un estado mental, como jugar. Si alguien juega porque se lo han ordenado, podrá realizar los movimientos del juego, pero no "juega" en realidad. De la misma manera, oir "ruido musical" cuando uno ha decidido hacer otra cosa, no es escuchar música. Deja de serlo desde el momento en que no es un acto libre.
Al "ruido musical" nadie le presta atención (alguien lo definió como "música para no ser oida",algo así como "comida para no ser comida", un absurdo). Suele ser imposible determinar una tonalidad, pues sólo se percibe la percusión, o existe mezcla de tonos y ritmos, pues se oyen varias músicas al mismo tiempo (por ejemplo de radio y televisión).
O sea, que de "escuchar música" no tiene nada, tanto por la actitud interna del oyente como por las condiciones externas objetivas.
Pero algunas personas lo echan en falta si desaparece. Necesitan escuchar continuamente un ritmo percusivo en todas partes para no sentirse "agobiados". Les falta "algo" si deja de sonar. Por eso hay que oir obligatoriamente ese cascabel omnipresente en bares, tiendas, bancos, peluquerias, autobuses...Parece ser que vendrá el "coco", o que el mundo seré absorbido por un agujero negro en caso contrario. Absurdos miedos irracionales. La percepción se han alterado de tal manera en sus cerebros que una "realidad" sin altavoces sonando continuamente (aunque sea a bajo volumen) se les antoja "irreal". Como sucede con las drogas.
Si se les comenta que un altavoz a bajo volumen molesta igual, responden: "pero si está tan bajo, que es como si estuviese apagado". Entonces se les puede replicar: "Ya que es como si estuviese apagado, entonces apáguelo. Según usted, no hay diferencia". Se percibe entonces claramente la dependencia, pues suelen negarse a hacerlo, adoptando la actitud agresiva del adicto al que se le retira su dosis. Necesitan siempre un "cordón umbilical sonoro" que por el que siga fluyendo hacia sus cerebros el "narcótico acústico".
La función del ruido musical puede verse similar a la de los sonajeros. Los bebés necesitan escuchar sus sonajeros continuamente, pues le permite saber que su madre está cerca. Se les acaba el mundo, se agobian y lloran si su sonajero deja de sonar.
El ruido musical ambiente hace pensar a muchas personas que se encuentran "protegidas", "vigiladas", por un maternal "Gran Hermano" acústico. Necesitan el sonido que mantiene secuestrado sus cerebros, todos sus pensamientos deben estar "tutelados" por él. Una especie de "síndrome de Estocolmo mental".
En muchas tiendas se pone para evitar robos, al sentirse ciertas personas "vigiladas". Desde luego, los verdaderos ladrones no muerden el anzuelo. Otras tiendas piensan que aumentan las ventas, lo cual no es más que una leyenda urbana, sobre todo en épocas de crisis, cuando la gente compra lo que realmente necesita, y no se deja "embobar".
Desde luego, es una "adicción libre" (valga la contradicción). Pero tendrían que vivirla sin obligar a otros a soportarla. No se puede obligar a tener que soportar ruido musical indeseado y tóxico a quienes somos mayorcitos y no tenemos "miedo al coco" ni necesitamos "vigilantes" ni "pilotos sonoros" que guien nuestro pensamiento. Quienes percibimos el hilo musical obligatorio, perpetuo y ubicuo como una serpiente de cascabel envenenando nuestros cerebros. Quienes no lo vemos como una placenta protectora, sino como una cárcel, como un chantaje. Quienes seguimos queriendo escuchar música como un acto libre, y no como una adicción obsesiva.
Algunas personas argumentan que la música ambiental hay que soportarla, porque gusta a la mayoría. Otra especie de "leyenda urbana", la gente "piensa" que le gusta a la mayoría pero los estudios serios demuestran que no es cierto. Y aunque lo fuese, las meras apetencias de unos no pueden ir contra los derechos de otros. Imagine que en un autobús se le dice a la gente "Que levante la mano quien quiera un helado y, si son mayoría, tendrán que comérselo los que lo quieran y los que no". Absurdo. Se ha hecho ya un debate similar con el humo del tabaco, y el razonamiento podría hacerse para cualquier producto de consumo que no esté relacionado con el que servicio que pretende prestarse. Si pusieran por los altavoces cursos de inglés, o de autoayuda, o recitales de poesía ,también habría a quien le gustase, pero los demás no tendrían por qué viajar soportándolos. Pues la música no tiene por qué tener más privilegios que los helados, el inglés o la poesía. Razonamientos similares pueden hacerse para los lugares públicos, como estaciones o aeropuertos. Incluso, con otros matices sutiles, para los locales comerciales. Y estos, bajo ningún concepto deberían invadir acústicamente los espacios públicos como calles y parques.
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